_Cartas de mi hermano_. Todo ello está escrito de una misma letra, que se puede inferir fuese la
del señor deán. Vd. Todo me parece más chico, mucho más chico; pero también más bonito que
el recuerdo que tenía. Las huertas, sobre todo, son deliciosas. A un lado, y tal vez a ambos, corre el agua
cristalina con grato murmullo. Mañana como en casa de la famosa Pepita Jiménez, de quien Vd. Nadie ignora aquí que mi padre la pretende. Era hija de doña Francisca Gálvez, viuda,
como Vd. Cuando frisaba en los ochenta
años, iba ella a cumplir los diez y seis. La madre de ella era una mujer vulgar, de cortas luces y de instintos
groseros. ya sepa, aunque hace tiempo que falta de aquí. Pepita Jiménez se casó con D. Gumersindo. Yo creo que, no bien
salga de este lugar, donde Vd. Vd. me ha enseñado a analizar lo que el alma siente, a
buscar su origen bueno o malo, a escudriñar los más hondos senos del
corazón, a hacer, en suma, un escrupuloso examen de conciencia. Yo agradezco a Vd. En resolución,
yo me pregunto a veces: este propósito mío ¿tendrá por fundamento, en
parte al menos, el carácter de mis relaciones con mi padre? En el fondo
de mi corazón, ¿he sabido perdonarle su conducta con mi pobre madre,
víctima de sus liviandades? lo debo. Permaneceré, pues, aquí el tiempo que él quiera. Confieso, con todo, que las bromas y fiestas de aquí,
que los chistes groseros y que el regocijo estruendoso me cansan. sólo declaro), acaso tenga
la culpa el mismo clero. Sea como sea, la
escasez de sacerdotes instruidos y virtuosos excita más en mí el deseo
de ser sacerdote. Hace tres días tuvimos el convite, del que hablé a Vd., en casa de
Pepita Jiménez. Los muebles no son
artísticos ni elegantes; pero tampoco se advierte en ellos nada
pretencioso y de mal gusto. Oído el señor vicario y fiándome en su juicio, yo no puedo menos de
desear que mi padre se case con la Pepita. He dicho, y mucho me alegraría
de que Vd. Me parece que en estos
momentos, cuando se halla tan cercana la realización del constante sueño
de mi vida, es como una profanación distraer la mente hacia otros
objetos. ¿Quién me diese alas, como de paloma, para volar al seno del que
ama mi alma? ¿Dónde las
mortificaciones, la larga oración y el ayuno? Vd. Pepita Jiménez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan las
huertas de por aquí, nos ha convidado a ver una que posee a corta
distancia del lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella se
crían. Sea como sea, anteayer tarde fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso
sitio, de lo más ameno y pintoresco que puede imaginarse. Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era más
cortesano el traje de Pepita. Hasta se me
figura a veces que tiene algo de simbólico. Pepita, sin duda,
amó a su madre primero, y luego las circunstancias la llevaron a amar a
D. Gumersindo por deber, como al compañero de su vida; y luego, sin
duda, se extinguió en ella toda pasión que pudiera inspirar ningún
objeto terreno, y amó a Dios, y amó las cosas todas por amor de Dios, y
se encontró quizás en una situación de espíritu apacible y hasta
envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que censurar, sería un
egoísmo del que ella misma no se da cuenta. ¿Qué sé yo lo que pasa
en el alma de esa mujer, para censurarla? ¿Acaso, al creer que veo su
alma, no es la mía la que veo? Un alma
pura y limpia, ¿no puede complacerse en que el cuerpo también lo sea? Ello es que la fiesta en la huerta fue apaciblemente divertida: se habló
de flores, de frutos, de injertos, de plantaciones y de otras mil cosas
relativas a la labranza, luciendo Pepita sus conocimientos agrónomos en
competencia con mi padre, conmigo y con el señor vicario, que se queda
con la boca abierta cada vez que habla Pepita, y jura que en los setenta
y pico de años que tiene de edad, y en sus largas peregrinaciones, que
le han hecho recorrer casi toda la Andalucía, no ha conocido mujer más
discreta ni más atinada en cuanto piensa y dice. Una compasión loca, insana, me aqueja a veces. En fin,
querido tío, menester es tener la gran confianza que tengo yo con Vd. No crea Vd. Y
al cabo, ¿de quién me ha de hablar el señor vicario? El padre vicario dice que Pepita adora al niño Jesús como a su Dios,
pero que le ama con las entrañas maternales con que amaría a un hijo, si
le tuviese, y si en su concepción no hubiera habido cosa de que tuviera
ella que avergonzarse. El padre vicario nota que Pepita sueña con la
madre ideal y con el hijo ideal, inmaculados ambos, al rezar a la Virgen
Santísima, y al cuidar a su lindo niño Jesús de talla. que no sé qué pensar de todas estas extrañezas. Pepita Jiménez, a quien muchos han visto nacer, a quien vieron todos en
la miseria, viviendo con su madre, a quien han visto después casada con
el decrépito y avaro D. Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece
como un ser peregrino, venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera
superior, pura y radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a
algo como admiración amantísima a todos sus compatricios. sino de Pepita Jiménez. Aquí no se habla de otra cosa. Benévolo como siempre, me amonesta Vd. No creo, a pesar de todo, como Vd. No confío en mí: confío en la misericordia
de Dios y en su gracia, y espero que no sea. Y aun así, y
aun siendo el amor de todo punto espiritual, sé que puede pecar por
demasía. No crea Vd., pues, que yo me jacte de invencible, y desdeñe los peligros
y los desafíe y los busque. teme. que lo he
considerado todo con entera limpieza de pensamiento. Y aunque me sea
costoso el decirlo, y aunque a Vd. No lo dude Vd. : yo veo en Pepita Jiménez una hermosa criatura de Dios, y
por Dios la amo, como a hermana. Hoy, sin
embargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas la hablo. No, no es posible. Yo no me quejo de esas reticencias; Vd. Si va Vd. En fin, hay aquí una holganza tan encantadora que más no
puede ser. Las diversiones son muchas, a fin de entretener dicha
holganza. Las damas, el ajedrez y el dominó no se descuidan. Y por
último, hay una pasión decidida por las riñas de gallos. Para quien no sueña con la gloria,
para quien nada ambiciona, comprendo que sea muy descansada y dulce
vida. que el huir no depende de mi voluntad. Necesito, pues,
vencer por otros medios y no por el de la fuga. Para que Vd. ve las cosas más adelantadas de lo que están. No hay el menor indicio de que Pepita Jiménez me quiera. Y aunque me
quisiese, sería de otro modo que como querían las mujeres que Vd. El pasaje que aduce Vd. Condena Vd. que no se mezcle con la oración y la
meditación y las contamine. Vd. La expedición fue el 22 de
Abril. Aplauda Vd. Ellos
corrieron, galoparon, se nos adelantaron a la ida y a la vuelta. Doña Casilda es de una locuacidad abominable, y tuvimos que
oírla. Yo deseaba
y no deseaba a la vez que llegasen los otros. Al oír esto, sentí que la sangre me subía al rostro y que el rostro me
ardía. Imaginé mil extravagancias, me creí presa de una obsesión. Entonces, mi timidez se trocó en atrevida soberbia,
y la miré de hito en hito. Vd. La culpa es
del señor deán, que no ha pensado en que Vd. piensa seguir, y yo creo que su
padre de Vd., ya que está Vd. aquí, debiera en pocos días enseñarle. Si
Vd. Después del paseo, sobre la fresca yerba y en el más lindo sitio junto
al arroyo, nos sirvieron los criados de mi padre una rústica y abundante
merienda. Me callé, con todo, el compromiso contraído de
aprender la equitación. Por la tarde volvimos al lugar, como habíamos venido. Me abrazó, me besó, me dijo que ya no era Vd. solo mi
maestro, que él también iba a tener el gusto de enseñarme algo. Desde el día siguiente al de la expedición que he referido, doy dos
lecciones diarias. Es tan bueno mi padre, que espero que Vd. Yo me aflijo en lo interior de mi
alma, pero lo sufro todo. Los llamo un tanto volterianos, porque no acierto a
calificarlos bien. En el fondo, mi padre es buen católico y esto me
consuela. Era un mar de
flores el que engalanaba la cruz. De aquí en adelante,
Pepita recibirá todas las noches, y mi padre quiere que yo sea de la
tertulia. y de lograr la
dicha de ser sacerdote. Pepita juega al tresillo con mi padre, con el señor vicario y con algún
otro. Con no ir, según él, me pondría en ridículo. Esto de que yo no sepa jugar al tresillo, siquiera al
tresillo, le tiene maravillado. Por lo mismo que vas a ser clérigo y que no podrás bailar ni
enamorar en las reuniones, necesitas jugar al tresillo. Y luego añade riéndose:
--En sustancia, todo es lo mismo. Aunque Vd. Aunque no puedo
censurárselos, tampoco se los aplaudo ni se los río. Lo singular y plausible es que mi padre es otro hombre cuando está en
casa de Pepita. En casa de Pepita es
mi padre el propio comedimiento. Aunque me paso todo el día en el campo a caballo, en el casino y en la
tertulia, robo algunas horas al sueño, ya voluntariamente, ya porque me
desvelo, y medito en mi posición y hago examen de conciencia. La imagen
de Pepita está siempre presente en mi alma. Desde luego noto, y no me acuse Vd. de soberbia porque le digo lo que
noto, que el imperio de mi voluntad, que Vd. me ha enseñado a ejercer,
es omnímodo sobre todos mis sentidos. La imagen
de Pepita se me presenta en el alma. No me obceco, con todo. Veo claro, distingo, no me alucino. Toda otra consideración, toda otra forma, no destruye la imagen de esta
mujer. No creo, sin embargo, que estoy haciendo de lo que llaman amor en el
siglo. Antes de lo que yo pensaba, querido tío, me decidió mi padre a que
montase en Lucero. La turba de curiosos, que se había agrupado alrededor, rompió en
estrepitosos aplausos. Mi triunfo fue grande y solemne, aunque impropio de mi carácter. En fin, he ganado la patente de hombre recio y de jinete de primera
calidad. No crea Vd. Me parece que sí: quiero creer y creo que sí. No hay medio de que yo le
diga nada. ¿Qué es, pues, lo que entonces podría yo decir a mi padre? No era sueño, no era locura; era realidad. Me atrae, me seduce, y se fijan en
ella los míos. La imagen de ella se levanta
en el fondo de mi espíritu, vencedora de todo. Yo iré más tarde, luego que despache al aperador. Penetra hasta mi corazón un fuego devorante, y ya no
pienso más que en ella. Desde el día en que vi a Pepita en el Pozo de la Solana, no he vuelto a
verla a solas. que piense en la muerte; no en la de esta mujer, sino
en la mía. que piense en lo inestable, en lo inseguro
de nuestra existencia, y en lo que hay más allá. Lo que es aún eficaz en mí contra el amor, no es el temor, sino el amor
mismo. Entonces todo se cambia en mí, y aun me promete la victoria. No sé cómo el
mal que padezco no me sale a la cara. Vergüenza tengo de escribir a Vd., y no obstante le escribo. Lejos de dejar de ir a casa de Pepita, voy más
temprano todas las noches. Por dicha, no hallo sola nunca a Pepita. El progreso de mi mal es rápido. Cuando Pepita y yo nos damos la mano, no es ya como al principio. Si estoy cerca de ella, la amo; si estoy lejos, la odio. Su espíritu se infunde en mí al punto que la veo, y me posee, y
me domina, y me humilla. Sáqueme Vd. de aquí. Si es menester, dígaselo todo. Dios me ha dado fuerzas ara resistir y he resistido. Hace días que no pongo los pies en casa de Pepita; que no la veo. El reino de los cielos cede a la violencia, y yo quiero conquistarle. Me parece que soy uno con todo, y que
todo está enlazado con lazada de amor por Dios y en Dios. Es un amor de odio, que me aparta de todo, menos de mí. Hasta la devoción y el
sacrificio por ella son egoístas. Yo
haré de ella, me digo, un símbolo, una alegoría, una imagen de todo lo
bueno y hermoso. Yo, con todo, sabré resistir y no pecar. El suegro ejercía las artes de
utilidad: la nuera las del deleite, aunque deleite inocente o lícito al
menos. A mí me habla de mira, como a los otros. Nos dimos la mano con timidez, sin decirnos palabra. ¿Cómo decirle que yo no
era para ella, ni ella para mí? Parecía la madre de los dolores. Inefable embriaguez, desmayo fecundo en peligros invadió todo mi ser y
el ser de ella. Desde aquella noche no he vuelto a su casa. En todas estas noches he rezado, he velado, me he mortificado mucho. Cerca de Vd. Vd. Dos veces he vuelto a casa de Pepita. Después se largó echando
chispas. Adiós. Hasta dentro de pocos días, que nos veremos y abrazaremos. Sólo
Antoñona, que era un lince para todo, y más aún para las cosas de su
niña, había penetrado el misterio. Pepita, no sólo no había excitado a Antoñona a que fuese a D. Luis con
embajadas, pero ni sabía siquiera que hubiese ido. Cuando la misma Pepita apenas se había dado cuenta de que amaba a D.
Luis, ya Antoñona lo sabía. Eran las once de la mañana. Los muebles de aquella sala eran de poco valor, pero cómodos y aseados. Después de los saludos de costumbre, y arrellanado el padre vicario en
una butaca al lado de Pepita, se entabló la conversación. ¿No descubre Vd. la causa de mi
padecimiento? en el confesonario, y allí confesar mis pecados. --No, padre, yo soy mala. Muchacha, no desatines. De lo que tú eres víctima es de
un delirio. Dios me ha castigado; Dios ha permitido que ese tercer
enemigo, de que Vd. habla, se apodere de mí. Cásate,
pues, y déjate de tonterías. ¡El demonio es el tal D. Pedro! Te declaro
que me asombra. Hubo un momento de pausa. D. Luis no te
querrá. --¿No se lo decía yo a Vd.? Vamos, sosiégate. --Con la extremada bondad que le es propia, no ha hecho Vd. más que
alabarme a D. Luis, y tengo por cierto que a D. Luis le habrá Vd. El padre vicario era tan bueno y tan humilde que, al decir las
anteriores frases, estaba confuso y contrito, como si él fuese el reo y
Pepita el juez. Aunque Vd. Los elogios de Vd. Vd. --¡Ay, niña, niña! Logré que D. Luis me amase. Me
lo declaraba con los ojos. en aquel instante,
¿qué hubiera sido de mí? Las manos eran, en efecto, tan bellas, más bellas que lo
que D. Luis había dicho en sus cartas. D. Luis se ha arrepentido, sin duda, de su pecado. Arrepiéntete tú también, y se acabó. Su beso fue marca, fue hierro candente
con que me señaló y selló como a su esclava. Ahora, que estoy marcada y
esclavizada, me abandona, y me vende, y me asesina. Dichas las últimas palabras,
se trocó en desfallecimiento. --Pepita, niña--dijo--, vuelve en ti: no te atormentes de ese modo. Su padre te pretende;
aspira a tu mano, por más que tú no le ames. Deja que D. Luis se vaya. Que se vaya. habla. Yo la arrojaré lejos de mí. --¡Bien, muy bien! Así te quiero yo, enérgica, valiente. --¡Ay, padre mío! --Pero Pepita, por los clavos de Cristo, no digas eso ni lo pienses. Vd. Antoñona la oyó
gemir, antes de entrar y verla, y se precipitó en la sala. Cuando la vio
tendida en el suelo, hizo Antoñona mil extremos de furor. Déjate de llanto y dime lo que tienes. ¿No es verdad que es espantoso? Las razones del
padre vicario son justas, discretas... Al pronto me convencieron. Yo amo a D. Luis, y esta razón
es más poderosa que todas las razones. No sabía yo lo que era amor. No, D. Luis no me ama. --No, Antoñona. En resolución, no hay más recurso que hacer lo que me aconseja
el padre vicario. Cálmate, y no pienses en morirte,
ni de chanza. --No, gracias. --Te cerraré las ventanas, a ver si duermes. Si no duermes hace días,
¿cómo has de estar? No se crea, con todo, que no amaba a la joven viuda. D. Luis se dejaba querer; esto es, era dominado
despóticamente por Currito en los negocios de poca importancia. Un toldo de lona doble
cubría el patio, preservándole del sol. Entre ellos descollaba el conde de Genazahar, de la vecina
ciudad de... El conde, no obstante, y a pesar de haber sido uno de los más
obstinados pretendientes de Pepita, había recibido las enconfitadas
calabazas que ella solía propinar a quienes la requebraban y aspiraban a
su mano. ¿Cómo defenderla, no obstante? Fue predicar en desierto o peor que predicar en desierto. ¡Ah no, Dios mío! Lo que enseñó tu hijo en el sermón de la Montaña tiene que
ser mi norma. El
sacerdote, el que va a ser sacerdote, ha de ser humilde, pacífico, manso
de corazón. Apenas comió,
apenas habló en la mesa. Antoñona se había deslizado hasta allí sin que nadie lo advirtiese,
aprovechando la hora en que comían los criados y D. Pedro dormía, y
había abierto la puerta del cuarto y la había vuelto a cerrar tras sí
con tal suavidad, que D. Luis, aunque no hubiera estado tan absorto, no
hubiera podido sentirla. Vete. Esta santidad mentida fue, sin
duda, el señuelo de que te valiste. --Antoñona--contestó D. Luis--, déjame en paz. Por Dios, no me
atormentes. --Dejemos a un lado--dijo--, esos vanos discursos. Yo te diré lo que has de hacer. Si no remediares
el mal de mi niña, le aliviarás al menos. Ven a ver a mi niña, que está enferma. Agravar el mal en vez de sanarle. Si me lo decía el corazón. --No lo sabe. --Iré. --Adiós. Y Antoñona echó a correr, bajó la escalera de dos en dos escalones y se
plantó en la calle. La cita, a que acababa de comprometer a D. Luis, fue un triunfo
inesperado. Era además una traición
contra su padre, que amaba a Pepita y deseaba casarse con ella. D. Luis se calló, pues, y no
reveló nada a su padre. Aguijoneado de esta necesidad, tomó su sombrero y su bastón y se fue a
la calle. D. Luis se
quitó su sombrero, se hincó de rodillas al pie de la cruz, cuyo pedestal
le había servido de asiento, y rezó con profunda devoción el _Angelus
Domini_. El aire era tan diáfano y tan sutil, que se veían
millares y millares de estrellas, fulgurando en el éter sin término. Tal vez de aquel
peligro resultaría un triunfo. Ello es que todo era profano y no
religioso. Las calles estaban llenas de gente. El farol, que lo alumbraba
de diario, daba poquísima luz aquella noche. ¿Dónde has estado, _peal_? Nada de eso. Hubo una larga pausa, un silencio tan difícil de sostener como de
romper. Era, en
verdad, la situación muy embarazosa. No se condene, pues,
a D. Luis porque empezase contestando tonterías. --Su queja de Vd. con mi padre, y, como no tuvimos el gusto de que Vd. nos recibiese,
dejamos tarjetas. ¿Y ahora, se
encuentra Vd. de embajador de su padre, y no
quiero afligir a un amigo tan excelente, justo será que diga a Vd., y
que Vd. solo. D. Luis se iba. La
juventud, la gracia, la belleza, el amor de Pepita no valían para nada. Pepita dijo:
--¿Persiste Vd., pues, en su propósito? mal. Si la mujer que con sus coqueterías, no por
cierto muy desenvueltas, casi sin hablar a Vd. Señora
Duquesa o la Excma. Si Vd. con Dios, y no se case Vd. Si ella es buena, no le
querrá a Vd. ¿No comprende Vd. perdone que se lo diga), es tan hábilmente sofística,
que me fuerza a desvanecerla con razones. me condena a ello,
si no quiero pasar por un monstruo. en mi daño. Aunque me he criado al lado
de mi tío y en el Seminario, donde no he visto mujeres, no me crea Vd. me habla, lejos de caer en la adoración
y en la locura que Vd. --Pues no lo tema Vd., señora--replicó don Luis--. ¿Será quizás la
idea que Vd. Vd. Eso que
ama Vd. es la esencia, el aroma, lo más puro de su alma, que ha tomado
una forma parecida a la mía. Esto que yo amo es
Vd., y Vd. mil veces más que la idea que de Vd. desde
que la vi, casi antes de que la viera. Mucho antes de tener conciencia
de que la amaba a Vd., ya la amaba. Sacrifique Vd. con todo mi corazón, y sin Vd. Pero como mi imaginación es tan estéril, el
retrato que yo de Vd. me había trazado no valía, ni con mucho, lo que
Vd. desde que le conozco. Viendo
esto, he tenido la audacia de pedir al cielo que Vd. se deje vencer, que
usted deje de querer ser clérigo, que nazca en su corazón de Vd. D. Luis, dígamelo Vd. --Pepita--contestó D. Luis--, no es que su alma de Vd. sea más pequeña
que la mía, sino que está libre de compromisos, y la mía no lo está. El
amor que Vd. Si
usted logra en mí su amor, Vd. no se humilla. Si yo cedo a su amor de
Vd., me humillo y me rebajo. --¡Ay, Sr. D. Lo declararé todo, desechando hasta
la vergüenza. Mi voluntad rebelde se niega a lo que Vd. sin Vd. Si Vd. Merezco la
muerte: la deseo. desea que nos amemos. Pero viva, no puede ser. D. Luis no sabía qué decir y callaba. El llanto bañaba las mejillas de Pepita, la cual prosiguió sollozando:
--Lo conozco: Vd. me desprecia y hace bien en despreciarme. Adiós. Tuvo miedo de que Pepita
muriese. Pepita, sin embargo, apareció después. No te desesperes ni te aflijas, por
amor de Dios. En mí es grave, horrible, vergonzoso. Limpio de nuevo de culpa, cumple tu voluntad y sé ministro del Altísimo. No hay lazo alguno que conmigo
te ligue; y si lo hay, yo le desato o le rompo. No hay honra, ni virtud, ni vergüenza en mí. Los gemidos sofocaron la voz de Pepita, al terminar estas palabras. D. Luis no pudo más. El pecador, el flaco de voluntad, el
miserable, el sandio y el ridículo soy yo que no tú. Dios, que todo lo puede, me hubiera dado su gracia. No era más que orgullo lo que me
movía. Don Luis rompió el hilo del discurso de Pepita,
sellando los labios de ella con los suyos y abrazándola de nuevo. Tiempo es ya de que te vayas, don Luis. Son cerca
de las dos de la mañana. Pepita fue por un peine y le alisó
con amor los cabellos, besándoselos después. Pepita le hizo mejor el lazo de la corbata. --Adiós, dueño amado--le dijo--. Adiós, dulce rey de mi alma. Las luces de las tiendas y puestos de la feria se habían apagado y la
gente se retiraba a dormir, salvo los amos de las tiendas de juguetes y
otros pobres buhoneros, que dormían al sereno al lado de sus mercancías. Con cierta mortificación de la vanidad reflexionaba, no obstante, D.
Luis en el cambio que en él se había obrado. Y sobre todo, ¿qué motivo tan grave de
queja no había dado D. Luis a su padre? Y aun así, pasan no pocos
capítulos de la obra sin que aparezca Jenofonte. Es curiosa la nota, y derrama mucha
luz sobre todo. --¿De dónde sale Vd., curita?--dijo el médico. --Nada de sermones--contestó D. Luis con mucha calma--. Vd., señor conde, ha
hecho mi conversión. Veo que se juega. Vd. talla. ¿Sabe Vd., señor conde, que tendría chiste que yo
le desbancase? ¡Vd. --He cenado lo que me ha dado la gana. --Me hago lo que quiero. --Ea--dijo el conde, sosegado y afable--, desembaúle Vd. --Así es, amiguito; tiene Vd. El conde comenzó a cargarse. --¿Si me desplumará el niño?--dijo--, Dios protege la inocencia. ¿No es verdad, señor conde? Ya va siendo
tarde, y siguiendo su consejo de Vd. Curro, dime tú: aquí,
en este montón de dinero, ¿no hay más que en la banca? Cuando acude la
buena dicha, acude para todo, y lo mismo cuando la desdicha acude. Su emoción era
grande, por más que lo disimulaba. El rey de copas. El curita me ha
desplumado. el dinero. El conde echó con rabia la baraja sobre la mesa. Después de un corto silencio, habló el conde:
--Curita es menester que me dé Vd. el desquite. Por esa
regla, lo mejor sería ahorrarse el trabajo de jugar. el desquite--replicó el conde, sin atender a razones. del mismo delito. Por lo mismo que el hecho era cierto, la ofensa fue mayor. Cuando empiezan
las manos, suelen callar las lenguas. --Dejadme libre; dejadme que le mate--decía. --Que vengan armas--dijo el conde--. --Vengan los sables--dijo el conde. El conde, a los dos
forasteros. Era todavía de noche. Se convino en hacer campo de batalla de aquel
salón, cerrando antes la puerta. Se cerró la puerta de la sala. Las luces se colocaron de un modo conveniente. A una señal del
capitán, empezó el combate. Cuatro veces tocó a D. Luis, por
fortuna siempre de plano. Lastimó sus hombros, pero no le hirió. Todavía tocó el
conde por quinta vez a D. Luis, y le dio en el brazo izquierdo. Aquí la
herida fue de filo, aunque de soslayo. Aturdido por
el golpe, dio el conde con su cuerpo en el suelo. El diablo
desbarataba sus planes. El estado de D. Luis, después de las agitaciones de todo aquel día, era
el de un hombre que tiene fiebre cerebral. Currito y el capitán, cada uno de un lado, le agarraron y llevaron a su
casa. El conde, en cambio, tenía para meses. Su vida, sin embargo, no corría
peligro. --Lo que tengo que confiar a Vd. Pues, hijo, bravo secreto me confías. --Nada de sorpresa, ni de asombro, muchacho. El padre vicario, sobre todo, se ha quedado turulato. Pero a mí no me cogieron las noticias de susto,
salvo tu herida. Aunque me precio de listo, confieso mi torpeza en esta
ocasión. Pepita Jiménez, desde que vino mi hijo,
se me mostraba tan afable y cariñosa que yo me las prometía felices. El chico es excelente. Antoñona se entiende ya conmigo, y por ella sé que Pepita está muerta de
amores. El padre vicario, que es un alma de Dios,
siempre en Babia, me sirve tanto o más que Antoñona, sin advertirlo él:
porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de Pepita con
Luis; de suerte que este excelente señor, con medio siglo en cada pata,
se ha convertido ¡oh milagro del amor y de la inocencia! El padre vicario tuvo, pues, el gusto de casarla con D. Luis. Y el maestro de
escuela leyó un epitalamio, en verso heroico. Parecía
que era falso lo que declaraba en su carta al deán, del reúma y demás
alifafes. -III-
Epílogo. Pepita, no
obstante, y todos nosotros también, le hemos llorado de veras. Luis se compara con el vicario, y dice que se siente
humillado. Luis y yo tenemos unas candioteras que no las hay
mejores en España, si prescindimos de Jerez. Yo he sido el padrino, y le hemos dado mi nombre. Concluiremos, pues, copiando un poco de una de las últimas
cartas.