Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de
Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. La juventud que vivís es una fuerza de
cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois
responsables. Yo
os digo con Renán: «La juventud es el descubrimiento de un horizonte
inmenso, que es la Vida». El descubrimiento que revela las tierras
ignoradas, necesita completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga. Entonces tomaba un melancólico
tinte su locura. Provocar esa
renovación, inalterable con un ritmo de la Naturaleza, es en todos los
tiempos la función y la obra de la juventud. De las almas de cada
primavera humana está tejido aquel tocado de novia. La juventud, que así significa en el alma de los individuos y la de las
generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa también en el
proceso evolutivo de las sociedades. Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de su juventud
inextinguible. «Aquel que en Delfos contempla
la apiñada muchedumbre de los jonios--dice uno de los himnos
homéricos--, se imagina que ellos no han de envejecer jamás». Grecia
hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el
ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente. La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma,
como del gesto de sus imágenes la vida. Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que lleváis
dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella esté exenta
de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la
realidad. ¿Será de nuevo la juventud una realidad de la
vida colectiva, como lo es de la vida individual? En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que tienen la
significación de un _optimismo paradógico_. La fe en el porvenir, la
confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente
necesario de toda acción enérgica y de todo propósito fecundo. Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que os espera. Antes que las modificaciones de profesión y de cultura, está el
cumplimiento del destino común de los seres racionales. Nuestra capacidad de comprender, sólo debe tener por límite
la imposibilidad de comprender a los espíritus estrechos. Tomo IV, pág. 430, 2.ª edición.] Atenas supo
engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y de lo real, la razón y el
instinto, las fuerzas del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro
faces del alma. No entreguéis nunca a la
utilidad o a la pasión, sino una parte de vosotros. No tratéis, pues, de justificar, por la
absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu. La tradición le llamó
después, en la memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era
la piedad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por su propio
peso, toda desventura. Su corazón reflejaba, como sensible placa sonora, el ritmo de
los otros. Los fatigados vientos abandonaban largamente sobre el alcázar
real su carga de aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar,
como si quisieran ceñirle en un abrazo, le salpicaban las olas con su
espuma. Espesos muros la rodeaban. Religioso silencio velaba en ella la castidad del
aire dormido. Graves cariátides custodiaban las puertas
de marfil en la actitud del cilenciario. Sólo cuando penetréis dentro del
inviolable seguro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. El ocio noble
era la inversión del tiempo que oponían, como expresión de la vida
superior, a la actividad económica. La emoción de belleza es al
sentimiento de las idealidades como el esmalte del anillo. El efecto del
contacto brutal por ella empieza fatalmente, y es sobre ella como obra
de modo más seguro. La superfluidad del arte no vale para la
masa anónima los trescientos denarios. Si acaso la respeta, es como a un
culto esotérico. La dignificación, el ennoblecimiento
interior, no tendrán nunca artífice más adecuado. Cierto es que la santidad del bien purifica y ensalza todas las groseras
apariencias. Puede él, indudablemente, realizar su obra sin darle el
prestigio exterior de la hermosura. Puede el amor caritativo llegar a la
sublimidad con medios toscos, desapacibles y vulgares. Para
acompañar la representación simbólica del bien, brotan, ya un lirio, ya
una rosa. Se huirá del mal y del error como de una disonancia; se buscará lo bueno
como el placer de una armonía. Es inmensa la parte que
corresponde al don de descubrir y revelar la íntima belleza de las
ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones morales. En el
estilo epistolar de San Pablo queda la huella de aquel momento en que la
caridad se heleniza. El buen gusto es «una
rienda firme del criterio». El sentido delicado de
la belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de
la dignidad de las costumbres. La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto y el sentido moral
es, pues, exacta, lo mismo en el espíritu de los individuos que en el
espíritu de las sociedades. Nadie ha acertado como él a hermanar, con la ironía, la piedad. Aun en el rigor del análisis, sabe poner la unción del sacerdote. Aun
cuando enseña a dudar, su suavidad exquisita tiende una onda balsámica
sobre la duda. Piensa, pues, el maestro que una alta preocupación por los _intereses
ideales_ de la especie es opuesta del todo al espíritu de la democracia. Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda
homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio instable. Resta la
afirmación. Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta
necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social un
doble imperio. La multitud será un instrumento
de barbarie o de civilización, según carezca o no del coeficiente de una
alta dirección moral. Con ellos se estará en las fronteras de la _zoocracia_, de
que habló una vez Baudelaire. Émerson refleja esa voz en el seno de la más positivista
de las democracias. La ciencia nueva habla de selección como de una
necesidad de todo progreso. «_En ellas somos, vivimos, nos movemos_». 5.º, IV.] La favorecerá
todo lo que favorezca al predominio de la energía inteligente. El porvenir sintetizará ambas
sugestiones del pasado en una fórmula inmortal. Hispano-América ya no es enteramente
calificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que
avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes, y
aún más quizá, en el de las muchedumbres, fascinables por la impresión
de la victoria.--Y de admirarla se pasa por una transición facilísima a
imitarla. La admiración y la creencia son ya modos pasivos de imitación
para el psicólogo. En
sociabilidad, como en literatura, como en arte, la imitación inconsulta
no hará nunca sino deformar las líneas del modelo. Falta tal vez, en nuestro carácter colectivo, el contorno
seguro de la «personalidad». Su genio podría
definirse, como el universo de los dinamistas, _la fuerza en
movimiento_. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo,
la vocación dichosa de la acción. La voluntad es el cincel que ha
esculpido a ese pueblo en dura piedra. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril. Cuando ideó a
Ligeia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó en
la luz inextinguible de sus ojos el himno de triunfo de la Voluntad
sobre la Muerte. La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros
puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero. Con relación a los sentimientos morales, el impulso mecánico del
utilitarismo ha encontrado el resorte moderador de una fuerte tradición
religiosa. Al código de Franklin han sucedido otros de
más francas tendencias, como expresión de la sabiduría nacional. Boston, 1895.] La venalidad, que empieza desde el voto público, se
propaga a todos los resortes institucionales. La historia no da títulos cuando el
procedimiento de elección es la subasta de la púrpura. La obra del positivismo norteamericano servirá
a la causa de Ariel, en último término. La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de la
alta cultura. Es el ambiente natural de las más altas manifestaciones
del espíritu. A pesar de la muerte, su conciencia permanece
adherida a los fríos despojos de su cuerpo. Los días se suceden con lentitud
inexorable. La aspiración de Maud consistiría en hundirse más adentro,
mucho más adentro de la tierra. A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud que se levanta,
sangre y músculo y nervio del porvenir. Os hablo ahora figurándome que sois los
destinados a guiar a los demás en los combates por la causa del
espíritu. No desmayéis en predicar
el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de la
inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios. En las sanciones glorificadoras del futuro hay también palmas
para el recuerdo de los precursores. El porvenir es, en la vida de las sociedades humanas, el pensamiento
idealizador por excelencia. Ariel es la razón y el sentimiento superior. Su benéfico imperio alcanza, a veces, aun a los que le
niegan y le desconocen. Él dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y
la barbarie para que concurran, como las otras, a la obra del bien. Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posible
realidad de su influencia. Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel se
lanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo en el
porvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la
sombra vuestro espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro
esfuerzo; y más aún, en los de aquellos a quienes daréis la vida y
transmitiréis vuestra obra. Era la última hora de
la tarde. Una cálida y
serena noche de estío. Sólo estorbaba para el
éxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerse
el ambiente con lánguido y delicioso abandono, como la copa trémula en
la mano de una bacante. Sobre su masa indiferente y obscura, como
tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las
estrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador.