Ariel by José Enrique Rodó

Origianl URL
https://www.gutenberg.org/ebooks/22899
Category
gutenberg.org
Summary
Ariel, genio del aire, representa, en el simbolismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. La juventud que vivís es una fuerza de cuya aplicación sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois responsables. Yo os digo con Renán: «La juventud es el descubrimiento de un horizonte inmenso, que es la Vida». El descubrimiento que revela las tierras ignoradas, necesita completarse con el esfuerzo viril que las sojuzga. Entonces tomaba un melancólico tinte su locura. Provocar esa renovación, inalterable con un ritmo de la Naturaleza, es en todos los tiempos la función y la obra de la juventud. De las almas de cada primavera humana está tejido aquel tocado de novia. La juventud, que así significa en el alma de los individuos y la de las generaciones, luz, amor, energía, existe y lo significa también en el proceso evolutivo de las sociedades. Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de su juventud inextinguible. «Aquel que en Delfos contempla la apiñada muchedumbre de los jonios--dice uno de los himnos homéricos--, se imagina que ellos no han de envejecer jamás». Grecia hizo grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, que es el ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente. La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitudes de su alma, como del gesto de sus imágenes la vida. Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza bendita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, sin embargo, que ella esté exenta de malograrse y desvanecerse, como un impulso sin objeto, en la realidad. ¿Será de nuevo la juventud una realidad de la vida colectiva, como lo es de la vida individual? En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimismos que tienen la significación de un _optimismo paradógico_. La fe en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo humano, son el antecedente necesario de toda acción enérgica y de todo propósito fecundo. Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida que os espera. Antes que las modificaciones de profesión y de cultura, está el cumplimiento del destino común de los seres racionales. Nuestra capacidad de comprender, sólo debe tener por límite la imposibilidad de comprender a los espíritus estrechos. Tomo IV, pág. 430, 2.ª edición.] Atenas supo engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces del alma. No entreguéis nunca a la utilidad o a la pasión, sino una parte de vosotros. No tratéis, pues, de justificar, por la absorción del trabajo o el combate, la esclavitud de vuestro espíritu. La tradición le llamó después, en la memoria de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por su propio peso, toda desventura. Su corazón reflejaba, como sensible placa sonora, el ritmo de los otros. Los fatigados vientos abandonaban largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si quisieran ceñirle en un abrazo, le salpicaban las olas con su espuma. Espesos muros la rodeaban. Religioso silencio velaba en ella la castidad del aire dormido. Graves cariátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud del cilenciario. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable seguro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. El ocio noble era la inversión del tiempo que oponían, como expresión de la vida superior, a la actividad económica. La emoción de belleza es al sentimiento de las idealidades como el esmalte del anillo. El efecto del contacto brutal por ella empieza fatalmente, y es sobre ella como obra de modo más seguro. La superfluidad del arte no vale para la masa anónima los trescientos denarios. Si acaso la respeta, es como a un culto esotérico. La dignificación, el ennoblecimiento interior, no tendrán nunca artífice más adecuado. Cierto es que la santidad del bien purifica y ensalza todas las groseras apariencias. Puede él, indudablemente, realizar su obra sin darle el prestigio exterior de la hermosura. Puede el amor caritativo llegar a la sublimidad con medios toscos, desapacibles y vulgares. Para acompañar la representación simbólica del bien, brotan, ya un lirio, ya una rosa. Se huirá del mal y del error como de una disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una armonía. Es inmensa la parte que corresponde al don de descubrir y revelar la íntima belleza de las ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones morales. En el estilo epistolar de San Pablo queda la huella de aquel momento en que la caridad se heleniza. El buen gusto es «una rienda firme del criterio». El sentido delicado de la belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de la dignidad de las costumbres. La idea de un superior acuerdo entre el buen gusto y el sentido moral es, pues, exacta, lo mismo en el espíritu de los individuos que en el espíritu de las sociedades. Nadie ha acertado como él a hermanar, con la ironía, la piedad. Aun en el rigor del análisis, sabe poner la unción del sacerdote. Aun cuando enseña a dudar, su suavidad exquisita tiende una onda balsámica sobre la duda. Piensa, pues, el maestro que una alta preocupación por los _intereses ideales_ de la especie es opuesta del todo al espíritu de la democracia. Toda igualdad de condiciones es en el orden de las sociedades, como toda homogeneidad en el de la Naturaleza, un equilibrio instable. Resta la afirmación. Con relación a las condiciones de la vida de América, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero concepto de nuestro régimen social un doble imperio. La multitud será un instrumento de barbarie o de civilización, según carezca o no del coeficiente de una alta dirección moral. Con ellos se estará en las fronteras de la _zoocracia_, de que habló una vez Baudelaire. Émerson refleja esa voz en el seno de la más positivista de las democracias. La ciencia nueva habla de selección como de una necesidad de todo progreso. «_En ellas somos, vivimos, nos movemos_». 5.º, IV.] La favorecerá todo lo que favorezca al predominio de la energía inteligente. El porvenir sintetizará ambas sugestiones del pasado en una fórmula inmortal. Hispano-América ya no es enteramente calificable, con relación a él, de tierra de gentiles. La admiración por su grandeza y por su fuerza es un sentimiento que avanza a grandes pasos en el espíritu de nuestros hombres dirigentes, y aún más quizá, en el de las muchedumbres, fascinables por la impresión de la victoria.--Y de admirarla se pasa por una transición facilísima a imitarla. La admiración y la creencia son ya modos pasivos de imitación para el psicólogo. En sociabilidad, como en literatura, como en arte, la imitación inconsulta no hará nunca sino deformar las líneas del modelo. Falta tal vez, en nuestro carácter colectivo, el contorno seguro de la «personalidad». Su genio podría definirse, como el universo de los dinamistas, _la fuerza en movimiento_. Tiene, ante todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo, la vocación dichosa de la acción. La voluntad es el cincel que ha esculpido a ese pueblo en dura piedra. Su historia es, toda ella, el arrebato de una actividad viril. Cuando ideó a Ligeia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó en la luz inextinguible de sus ojos el himno de triunfo de la Voluntad sobre la Muerte. La idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros puritanos. Tampoco le apasiona la idealidad de lo verdadero. Con relación a los sentimientos morales, el impulso mecánico del utilitarismo ha encontrado el resorte moderador de una fuerte tradición religiosa. Al código de Franklin han sucedido otros de más francas tendencias, como expresión de la sabiduría nacional. Boston, 1895.] La venalidad, que empieza desde el voto público, se propaga a todos los resortes institucionales. La historia no da títulos cuando el procedimiento de elección es la subasta de la púrpura. La obra del positivismo norteamericano servirá a la causa de Ariel, en último término. La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de la alta cultura. Es el ambiente natural de las más altas manifestaciones del espíritu. A pesar de la muerte, su conciencia permanece adherida a los fríos despojos de su cuerpo. Los días se suceden con lentitud inexorable. La aspiración de Maud consistiría en hundirse más adentro, mucho más adentro de la tierra. A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud que se levanta, sangre y músculo y nervio del porvenir. Os hablo ahora figurándome que sois los destinados a guiar a los demás en los combates por la causa del espíritu. No desmayéis en predicar el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de la inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios. En las sanciones glorificadoras del futuro hay también palmas para el recuerdo de los precursores. El porvenir es, en la vida de las sociedades humanas, el pensamiento idealizador por excelencia. Ariel es la razón y el sentimiento superior. Su benéfico imperio alcanza, a veces, aun a los que le niegan y le desconocen. Él dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y la barbarie para que concurran, como las otras, a la obra del bien. Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posible realidad de su influencia. Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel se lanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo en el porvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la sombra vuestro espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro esfuerzo; y más aún, en los de aquellos a quienes daréis la vida y transmitiréis vuestra obra. Era la última hora de la tarde. Una cálida y serena noche de estío. Sólo estorbaba para el éxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerse el ambiente con lánguido y delicioso abandono, como la copa trémula en la mano de una bacante. Sobre su masa indiferente y obscura, como tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las estrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador.